La Liturgia de la Palabra de los próximos días nos centrará en la llamada a la santidad.
La Iglesia nos trae a la memoria la vida ejemplar de tantos cristianos que son referencia
y estímulo, y suscitan la sana emulación de su bien hacer.
San Pablo, en la Carta a los Efesios, que nos está acompañado en la Liturgia de la Eucaristía,
en concreto en el pasaje 4, 32-5, 8, nos advierte de lo que es impropio de santos,
y a su vez de lo que corresponde a quienes deseamos vivir como cristianos.
El Apóstol no apela a referentes éticos, más o menos aceptados socialmente
como norma de actuación, sino que nos invita a vivir poniendo los ojos en el modelo absoluto,
en quien es paradigma perfecto.
“Hermanos: Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo
No se trata de adherirnos a la bondad, la comprensión, el perdón, por razones más o menos sociales,
sino a la manera de Dios. “Sed imitadores de Dios, como hijos queridos”. La forma de vida cristiana
no es de siervos, como esclavos temerosos de su amo, sino de hijos queridos
como quienes han recibido la bendición entrañable de su Creador y Padre,
como quienes no miden su respuesta, sino que actúan gozosa y gratuitamente por amor,
“como oblación y víctima de suave olor”.
Con esta perspectiva, la vida del cristiano se presenta luminosa, “como hijo de la luz”.
Somos hijos del día, no de las tinieblas. Nuestras obras deben alumbrar a los de casa
como lámpara sobre el candelero, testimonio luminoso que atraiga por la bondad,
servicialidad y sencillez.
Esta forma de vivir es propia de los santos, o como dice el salmista (Sal 1), es como
la de los árboles plantados junto al borde de la acequia, que dan fruto en su sazón.
El Papa Benedicto XVI, en su carta a los jóvenes para JMJ, comenta la imagen del árbol
que echa raíces junto al agua (Jer 17, 7-8), “que significa volver a poner la confianza en Dios.
De Él viene nuestra vida”.
En definitiva, tenemos la llamada a ser testigos de los valores del reino de Dios.
Meditación para la Solemnidad de todos los santos.
El Concilio Vaticano II afirma: “TODOS ESTAMOS LLAMADOS A LA SANTIDAD”.
San Juan nos asegura que Dios Padre nos llama hijos suyos,
y cuando lo veamos tal cual es, seremos semejantes a Él.
